Marathon Man

«Yo pensé que iba a seguir un año más», comentaba Javier Irureta al otro lado del teléfono. Hubo quienes, al instante de hacerse oficial, aludieron acertadamente a una despedida definitiva de su niñez. Y quizá ese sea el mejor baremo para comprender el impacto que tiene en la historia del Deportivo la marcha de Manuel Pablo, del que aún cuesta hablar en pasado si uno se ciñe a su vida sobre el césped, jalonada por éxitos y cicatrices de difícil digestión para muchos, también en las gradas. No para él.

Casi la mitad de sus 40 años han transcurrido en Riazor, a donde llegó como un obrero para el turno extra. El tiempo determinó que aguantase más de un tabique en ruinas y viviese para ver que al edificio aún le quedan cimientos, lo que alumbra una trayectoria que, para los que le vieron crecer, no puede entenderse sin su constancia. «Era un hombre con una fe terrible», recuerda Irureta. También enfatiza en ello Juanma Rodríguez, su entrenador a mediados de los 90 en la U.D. Las Palmas: «Lo de Manolo fue a base de ganas. De querer llegar».

Y lo hizo. Nadie mejor que Juanma para rememorar su esfuerzo. Hasta en cuatro sesiones diarias de entrenamiento llegó a tener al de Arucas, a caballo entre filial y primer equipo por aquel entonces. «El Deportivo tuvo dos jugadores que llegaron a la élite de dos formas totalmente opuestas. Lo de Valerón eran elegancia y virguerías, algo innato. Lo de Manuel Pablo fue a base de regularidad. Es ese tipo de futbolista del que todos dicen: “Pero si yo era mejor que él…”. Ya, pero no lo eras en el orden, en la disciplina», recalca.

“Daba un rendimiento que todos los entrenadores y directores deportivos querrían para su club”

Ese carácter espartano fue el que también le granjeó el aprecio de Irureta ya en A Coruña. «Mi hijo era un gran admirador suyo», desvela entre risas el irundarra. Nunca se rindió Manuel Pablo, poco amigo de aspavientos, casi el retrato de un antihéroe que tuvo su mayor virtud en entender el fútbol como una carrera de fondo. La ganó por su sencillez, pese a la incertidumbre de sus últimos kilómetros. «Hay jugadores de otras características que al aficionado le gustan más, pero los que eran como él suponían un seguro para el Deportivo de esos años», distingue ‘Jabo’.

Fue Iñaki Sáez quien dio las primeras referencias del de Bañaderos al técnico vasco, que en su segundo curso como blanquiazul, y ya tras el adiós de Armando, no lo dudó: aquel lateral de juego pétreo y que, por apariencia, podía haber llegado perfectamente de la Pequeña Habana de Miami en los 80, debía ser titular. «Era muy difícil de regatear, porque parecía una lapa. Además, tenía unas condiciones físicas muy buenas y daba un rendimiento que todos los entrenadores y directores deportivos querrían para su club», incide Irureta.

Precisamente a esa parcela se acercará ahora Manuel Pablo, que desde las gradas de Abegondo miraba el verde momentos después de concretarse su adiós. Parece pronto para hablar de nostalgia, también para alejarle del lugar donde hasta hace poco se calzaba las botas. No fue un detalle baladí que aludiese al segundo retorno a Primera como su recuerdo más grato. No si se atiende a su condición de último testigo directo de los éxitos de la entidad. «Seguro que su figura se engrandeció en estos momentos que el Deportivo estuvo más abajo», asevera Irureta. Y así convendría recordarlo.

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