Damián, en un partido con el Rápido de Bouzas ante el Rayo Vallecano.

Bajo palos, otra vida

«Jugar a ésto es una universidad que te da muchísimas cosas que puedes aplicar a la vida». No es sencillo hallar en el fútbol a quien se aleje de los tópicos, pero sorprende menos si el que lo hace también ha conocido los sótanos del deporte. En ellos sigue viendo luz Damián Seijoso (A Coruña, 1986), un clásico de las porterías gallegas que afronta su segundo año consecutivo en el Silva de Tercera División. Cabría pensar en una mera casualidad cuando menciona hasta en seis ocasiones la palabra ‘disfrutar’ durante la charla, pero no es así, y su currículo alumbra motivos para entenderlo.

«Hay agentes de los que prefiero no dar nombres y de los cuales sé que, con los equipos sin pagar, algunos futbolistas pasando hambre y con apuros para pagar el alquiler, les cobraban el 10% mensual a sus representados», comenta Damián. Para él, que sufrió en primera persona los impagos que llevaron al Ciudad de Santiago a la desaparición en 2009, la figura de Michael Vosberg fue la excepción. «Fue mi asesor cuando acabé mi etapa como juvenil. A nivel de fútbol, pero también de estudios. Lo enfocaba todo a la persona, no al rendimiento. Si a la persona le iba bien, a él también», detalla.

Damián alude precisamente a la honestidad de su representante como uno de los motivos que llevaron a este alemán residente en Vigo a dejar el negocio. A su paulatino desencanto. Fue el tiempo el que dio más razones para ver en él a una rara avis: «La empresa se llevaba una décima parte de tu sueldo, pero hasta que llegué a Segunda B él no me quiso cobrar nada. Cuando subí con el Ciudad de Santiago a Segunda B y negocié mi contrato, le llamé y le expliqué que, como en su día él me había ayudado, debía tener su parte. Sólo me quiso cobrar una cena».

“Fabiano me dijo que por un compromiso del club con un representante debían traer a un portero al Estradense. Como el suplente era sub-23, estaban obligados a cubrir seis fichas y yo ya tenía 24 años, debía irme”

Ocurre a menudo que son los despachos y no los méritos sobre el césped los que zarandean una trayectoria. La de Damián trastabilló tras cerrarse las puertas del conjunto capitalino, ya con la campaña empezada. Encontró cobijo bajando de golpe dos escalones hacia Santa Isabel. «Changui y yo nos fuimos al Santiago de Preferente, y atraviesas un cambio mental que implica pasar casi del fútbol profesional a esa categoría», revela. No se le atragantó hacerlo, pero sí su escalada de vuelta a la élite, con el Estradense como puerto de montaña insalvable en otro ruin episodio.

Regresaba el conjunto pontevedrés a Tercera con un proyecto enfocado a asentarse en la categoría, y lo hacía con el brasileño Fabiano Soares en la caseta. «Me hacen una oferta interesante, con la que yo me iría a vivir a A Estrada con piso, sueldo y un pequeño trabajo. Me interesaba, porque iba a acabar la carrera y a preparar oposiciones, por lo que mi idea era mirar una academia en Santiago», detalla el guardameta coruñés, al que todo se le torció tras el primer partido de Liga ante el Negreira, con el mercado ya cerrado.

«Ganamos, salí contento por jugar y por mis sensaciones, pero al acabar el partido me llamó Fabiano Soares para ir a hablar con él un momento. Yo pensé que me iba a realizar alguna corrección o algún apunte del encuentro, y me soltó tan fríamente: “Sé que soy un hijo de puta y que esto no se hace así, pero causas baja“. Y me dijo que, por un compromiso del club con un representante, debían traer a un portero al Estradense. Como el suplente era sub-23, estaban obligados a cubrir seis fichas y yo ya tenía 24 años, debía irme. Es como si de un día para otro te quedases sin nada», desgrana.

Lo fácil hubiese sido capitular, pero él no lo hizo y ahí radica su mérito: «Estuve a punto de dejarlo. Me volví a Coruña llorando y preguntándome si merecía la pena tanto sacrificio». No es raro escucharle hablar de la justicia poética del fútbol, de cómo el correr de las agujas del reloj equilibra las pérdidas. Un juzgado le dio la razón en su demanda por despido improcedente, no sin esfuerzo. Y es que nada se entiende sin ello en su carrera, frenada el año pasado por una lesión mal diagnosticada en un dedo. Regresó, hablando únicamente de competir, de volver a disfrutar. Y el verde ya le espera.

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