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Aquella pandilla de chalados

Hay medallas más allá del podio. En la vida diaria de un triatleta suelen festejarse al término del día, dejando atrás una contusión o venciendo al reloj, ese implacable y constante enemigo. Jugar contra él demanda pasión, y a esa sencilla receta remite Iván Raña (Ordes, 1979) para explicar también su vida, la de un pionero y un inadaptado a su tiempo que quiso ser fueraborda, jinete y liebre, abandonando la circunferencia de lo común. Lo consiguió, y ayudó a abrir un sendero de gloria que aún busca límites para otro icono como Gómez Noya, el gran ausente de la disciplina en Río 2016.

«Que aparezca gente que gane carreras tantos años seguidos y a tanto nivel como Javi es muy difícil», explica Iván. Él vivió en riguroso directo cómo se moldeó la trayectoria del ferrolano, un inolvidable tirano metódico que nunca pierde el apetito por el triunfo. Es su pasado, a corazón abierto, el que ayuda a comprenderlo. Como sirve el diálogo con Raña para sospechar que, en su fuero interno, sigue disfrutando de la piscina igual que cuando tenía cinco años y pagaba quince de las antiguas pesetas durante las tardes de verano en la instalación municipal para, sin saberlo, iniciar su leyenda.

No se percibe resentimiento alguno en la voz de Iván al hablar de sus comienzos, marcados por una anécdota en la que muchos hubiesen visto una frontera: «A los nueve o diez años empecé a ir dos veces a la semana en autobús a Santiago de Compostela. Me acuerdo que mi madre hasta fue al Ayuntamiento a ver si le echaban un cable para poder pagarme el billete en el Castromil. Eran 100 pesetas, y casi poco más que se ríen de ella». No deja de ser irónico remitirse a aquella etapa cuando quizá, a día de hoy, sea el embajador por excelencia de la localidad.

El deporte te da pequeñas pruebas a diario para ver si eres capaz de seguir adelante

A ella regresa en ocasiones Raña, alma libre siempre a contracorriente y cuyo discurso rema frente a la doble vara de medir de los resultados, esa lista que distingue a todos los valientes entre vencedores y anónimos. «No se valora tanto el deporte y sí se enseña a apreciar sólo al que tiene algo. Lo veía por ejemplo un viernes, justo antes de salir de viaje, cuando un tipo se reía de mí, y el domingo tras ganar una carrera te hacía casi una reverencia. Es la cultura que tenemos», sopesa el triatleta ordense, un Mad Max que alude a César Varela como la figura que alumbró su camino. «También es un soñador», dice.

Inventar el futuro es un arte reservado para los inquietos. Por si acaso, los trazos del suyo ya los dibujó hace tiempo y, presumiblemente, se alejan de una butaca. Todo pasa por no acomodarse. «El deporte te da pequeñas pruebas a diario para ver si eres capaz de seguir adelante. A veces he escuchado: “A ver si me dan un trabajo de funcionario en la Xunta y vivo como nadie”. Y yo me pregunto: “¿Esa es tu ilusión?”. Yo deseo estar en uno que me despierte las ganas para levantarme cada mañana y hacer lo que me guste», subraya.

Hubo quienes vieron en esfuerzos como el de Gómez Noya o el suyo los de dos chalados, y cabe preguntarse si esos aplausos de los incrédulos valen lo mismo a posteriori, bien desde el sillón o tras la valla. En paralelo a ellas llegaron sus éxitos, erróneo baremo para medir sacrificios de los que apostaron en su adolescencia por lo desconocido al igual que hacen ahora en carrera. No parece próximo el día que dejen de trotar. Tampoco de recibir recortes de periódico con sus proezas, pero a Raña le basta con palpar un reconocimiento hacia todos. «Se debe ver más allá de todo atleta», concluye. Y cómo no brindárselo.

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