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Born to run

Eran los días previos a la final del 1.500 masculino en Río 2016 y, desde el otro lado del teléfono, perdido en alguna calle de Lisboa, Andrés Díaz (A Coruña, 1969) se tomaba su tiempo para dejar un pronóstico de cara a la última prueba: «Creo que ganará Kiprop. Makhloufi se lo va a poner difícil, pero el keniano dio una exhibición en la semifinal. Como tercero, Willis o Centrowitz». Fue la sufrida e imperturbable cadencia del estadounidense la que desbarató su quiniela, pero hasta clásicos como él se equivocan alguna vez.

No es extraño ver a Díaz correr en ocasiones por la urbe herculina. Si se cruza con él, sepa que lo ha hecho frente a un olímpico en Atlanta ’96 y Sidney ’00, antagonista contemporáneo de El Guerrouj, Cacho o Ngeny. A ellos remite la etapa dorada de esta disciplina, en la que se coló este espigado y melenudo mediofondista que aún conserva el récord de Europa en pista cubierta desde hace 17 años. Ahora, asesora y entrena a iniciados con la mirada puesta en la mejora de su salud. Ahí es donde busca sus nuevas marcas.

Las mallas multicolor y relojes con GPS están de moda, pero lo esencial está en otra parte. Avanzar y competir implica asumir que la procesión va por dentro. Andrés apunta al modelo educativo como raíz del problema: «Es un obstáculo de base. Estamos en un país donde seguimos debatiendo si un día más de educación física es bueno o no. Subestimamos al deporte. En otros lugares se educa más desde la infancia, y además aquí hay una ruptura entre el deporte escolar y el federado».

Es posible que esa cojera formativa a la que alude el atleta gallego guarde estrecha relación con que sea sólo cada cuatro años, con los Juegos, cuando el grueso de espectadores abraza la adrenalina de las pistas frente al televisor. Sea por tradición, gustos o elecciones. Y es que, a la hora de emocionarse, cada cual se gobierna a sí mismo. «Sigue faltando mucha cultura deportiva. En otros países como Alemania todo el mundo ha hecho atletismo en la escuela. España es el país del fútbol», concreta.

Fue ese jolgorio que emana habitualmente de las gradas durante los 90 minutos el que llega a su memoria al rememorar la final de Sevilla en el Mundial de 1.999. Hay quien, por talento, disputa y nombres, la señaló como una de las grandes de la historia. Y allí estaba él, integrando con Cacho y Estévez un fastuoso elenco de ganadores. «En Sevilla nos contagiamos un poco del ambiente de alegría que había. Era casi más un partido que una competición de atletismo. Lo que vivimos allí no nos había pasado antes».

En Brasil, sólo el mallorquín David Bustos logró colarse en el último escalón en la lucha por las preseas. Díaz, que se aupó en Australia a la lucha por las mismas pese a una mononucleosis, invita acertadamente a no reducir el balance a ese día. «Cuando sales a la pista debes ser optimista, y creértelo, pero una vez estás allí, parece que la gente se olvida de todo el sacrificio que has hecho para lograrlo. Todos quieren resultados, la medalla. Medallas hay tres y más de 200 países», subraya. No está de más anotarlo.

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